El estudio examina la libertad humana desde la filosofía, la ciencia, la teología y el derecho, para demostrar que el hombre no es esclavo de sus causas naturales ni de su entorno, sino un ser racional y espiritual capaz de autodeterminarse. Negar esta verdad destruye la moral, la justicia, la educación, el amor y la redención; afirmarla, en cambio, fundamenta toda responsabilidad moral y jurídica.
1. Naturaleza de la libertad.
La libertad es una facultad del alma racional fundada en la razón: el poder de elegir voluntariamente los medios adecuados al bien conocido por el entendimiento. No consiste en hacer cualquier cosa, sino en dirigirse al bien verdadero. Cuanto más rectamente se conoce el bien, más perfecta es la libertad.
2. Fundamento filosófico.
Desde Aristóteles y Santo Tomás, el hombre es causa de sus actos (dominus sui actus). La libertad no es ausencia de coacción, sino autodominio racional. Los seres irracionales actúan por necesidad; solo el hombre, dotado de razón, puede ordenar sus impulsos a la ley moral mediante la virtud.
3. Objeciones científicas.
Las neurociencias, la genética y la psicología moderna han intentado negar la libertad.
Neurociencia: los experimentos de Libet no prueban que el cerebro “decida” antes que la conciencia; incluso el propio autor reconoció un poder de veto. El cerebro es instrumento del alma, no su causa.
Genética: los genes predisponen, pero no determinan. La epigenética demuestra que el ambiente, las decisiones y la voluntad modifican su expresión.
Psicología: el psicoanálisis de Freud y el conductismo de Skinner reducen al hombre a impulsos o reflejos condicionados, negando la interioridad y la responsabilidad. Viktor Frankl y la psicología contemporánea confirman, en cambio, la libertad interior del espíritu.
4. Fundamento jurídico.
La imputabilidad es la capacidad de ser responsable de los actos propios. Solo el acto humano deliberado puede ser juzgado moral o penalmente. Donde hay conocimiento y libertad, hay culpa y mérito; donde faltan, no hay responsabilidad.
El derecho clásico se apoya en la ley natural: la pena es justa cuando restaura el orden violado, y su dolor tiene valor medicinal. La misericordia no suprime la justicia, la perfecciona, porque busca la conversión del culpable.
Los grandes moralistas (San Alfonso de Ligorio, Ferreres, Tanquerey) y el CIC de 1917 distinguen entre culpa plena, disminuida o inculpable. Frente al relativismo penal moderno, el estudio recuerda que sin libertad no hay derecho, y sin justicia, la sociedad se disuelve.
5. Educación y libertad.
Si el hombre no fuera libre, la educación carecería de sentido. Educar es formar el juicio moral y fortalecer la voluntad para elegir el bien. La verdadera libertad es dominio de sí mismo: no hace libre el deseo, sino la virtud.
6. Consecuencias de negar la libertad.
La negación del libre albedrío destruye toda vida moral, familiar y social. Sin libertad no hay pecado ni mérito, y desaparecen la responsabilidad, el deber, la vocación y la posibilidad de redención. En la política, el ciudadano se convierte en masa manipulable; en la religión, se vacía el sentido del pecado y de la Cruz.
7. Perspectiva teológica.
Creado a imagen de Dios, el hombre posee inteligencia y voluntad libres. La Escritura llama a elegir el bien: “He puesto delante de ti la vida y la muerte… Elige la vida” (Dt 30,19).
El pecado original debilitó, pero no destruyó la libertad (Concilio de Trento). La gracia no la anula, sino que la eleva: “Dios obra en nosotros, no sin nosotros” (San Agustín). Así, la libertad es condición de amor y salvación. Negarla equivale a negar la redención misma. Los Papas San Pío X (Pascendi) y Pío XII (Humani Generis) defendieron esta verdad frente al modernismo y al materialismo.
8. Tipos de libertad.
La tradición distingue entre:
Libertad metafísica: poder interior de autodeterminación (libre albedrío).
Libertad moral: uso recto del libre albedrío según la verdad y el bien; el pecado esclaviza, la virtud libera.
Libertades físicas o externas: de movimiento o expresión, subordinadas al bien común y a la ley moral.
Falsa libertad liberal: identifica libertad con ausencia de coacción, desligándola de la verdad; de ahí derivan los “derechos” al error, al vicio o al crimen. La verdadera libertad, enseña la Iglesia, es “la de los hijos de Dios” (Rom 8,21).
9. Síntesis final.
La libertad es don, tarea y responsabilidad. No es absoluta ni ilusoria, sino fundamento de la moral, del derecho y de la esperanza. El hombre es imputable porque es libre; y libre porque es racional y espiritual.
El derecho cristiano, perfeccionado por la fe, enseña que el castigo justo hace posible la misericordia, y que la verdadera libertad consiste en adherirse voluntariamente al bien y a Dios, fuente única de justicia y de felicidad.
“El perdón no suprime la justicia, la completa, restituyendo la vida y el orden que el pecado había destruido.”
“No toda libertad es buena ni toda restricción es injusta: la verdadera libertad es la que conduce al hombre hacia la verdad, el bien y Dios.”